Tuesday, October 14, 2014

Gotita de luz

Gotita de luz, que resumes la existencia,
Origen del valor, fin de los miedos,
Pediste la vida, aquí te esperamos,
Segundo a segundo, te haces humano.

Tu fuerza nos habla, en cada momento,
Llave del alma, sueño despierto,
Y en solo dos lunas palpita tu ser,
Vibrante, incesante aumentas la fe.

Uniste galaxias, en un parpadeo,
Centella de amor que desde ese momento,
Concentra la vida en la misma vida,
Fluye la sangre en la misma sangre.

Escondes el sexo, a quien le interesa,
La vida sonríe , el plan es perfecto,
Soñadora incansable o cazador de sueños,
Tu lugar está escrito, en este mileño.

Cuando asomes al mundo de blanco y celeste,
Comienza el juego, en el sur, o en el este.
Ya en el aire flota, tu desafío latente,
Plenitud y alegría, lo harán presente.

La Paz nos une, llena, trasciende y completa,
Las mentes quietas, así complementa,
Tu creatividad infinita, la voz de tu alma,
Que se exprese libre, desde cada alba.

Y en valles sin luz, te acompañaremos,
En los charcos con barro todos jugaremos,
Solo recuerda siempre la mayor enseñanza,
Actúa de corazón, libera la añoranza.

Mezclando AMOR, CONFIANZA, VALORES Y DESTINO,
Con algo de SUEÑOS, CARÁCTER, PAZ Y CAMINO,
Comenzó tu viaje a esto que llamamos,
La VIDA PRESENTE, mil gracias, te esperamos!!

Saturday, January 25, 2014

Quila Quina, Neuquén: Un viaje revelador

Eran las 16:34 hs del jueves 23 de enero, acabamos de llegar con Pamela, a Quila Quina en el catamarán desde San Martín de los Andes. Luego de un corto almuerzo y de alimentar ganzos y perros lugareños, a los pies del lago Lakar, comenzó una aventura inolvidable y reveladora de la capacidad de fortaleza que llevamos dentro. 
Decidimos caminar desde Quila Quina a San Martín de los Andes por un camino entre montañas y bosques, de más de veinte km de longitud y más de mil metros de altitud. 
Mochila, botella con agua, una galleta y una manzana eran las provisiones, además de varios dulces de leche que Pame coleccionaba en los desayunos del hotel. 
Pedimos indicaciones a un artesano descendiente de mapuche y comenzó el viaje. 
En los primeros 300 metros de camino ya habíamos subido 100 metros de altura, el camino serpenteaba entre altísimos y añejos pinos, adornados por una impecable capa verde. Cada paso se mezclaba con lo bello, lo incierto, la admiración y la emoción de este ahí, vivos, desafiando el terreno, el clima y conociendo la capacidad y ganas de dar el siguiente paso. Caminamos 30 minutos subiendo más y más hacia nuestro primer hito, llegar al punto más alto del largo camino. Las curvas, una tras otra, jugaban con nosotros, despertaban la imaginación para adivinar que venía después. La naturaleza zigzagueante del camino hacía que el pasado, presente y futuro se mezclen con sólo mirar abajo, al frente o arriba. 
Un cálido humo de hogar describía en ese lenguaje que sólo los sentidos entienden, la humildad y paz con que viven varias familias Mapuches en esa zona. Ahí entre montañas, pinos y esos infinitos verdes tiñendo el suelo, era imposible imaginar cuantos cientos de años habían vivido fundidos con el ecosistema. Lo más fácil de ver era lo rápido que invadimos sus tierras y los persuadimos para venderse expuestos en un escaparate sin vidrios. Tal vez por la gratitud permanente que expresamos por estar ahí, sus ancestros nos permitieron verlos más allá de toda atracción turística y sentirnos, aunque sea por un momento, parte del todo. 
La pureza del aire, la voluntad y la distracción mental que imponía el paisaje, energizaban permanentemente nuestras piernas para ascender una y otra curva. A los costados divisamos dos perros inmóviles con su vista puesta casi sin interrupción en varios caballos que pastaban dominantes. En el siguiente tramo, varias ovejas blancas y una negra, comían frescas hiervas rociadas por la lluvia de tres días.
Cuando el cansancio y el miedo a lo desconocido nos invadía, la madre naturaleza nos daba su mano mostrando una hermosa ave o un pequeño conejito cruzando el camino, que nos conectaba nuevamente. 
Las nubes indecisas e inseguras de haber saciado la sed del milenario bosque y toda la vida que aloja, lanzaban ráfagas de lluvia cada tanto. Un viento helado autografiaba sin pedir permiso nuestras espadas, con la dedicatoria "esto es la Patagonia". Cuando el camino parecía llegar a su fin aparecía otro cerro más alto que mostraba en la cumbre un pequeño hilo gris que se perdía en la espesura. El momento más obscuro de la noche indica que empieza a amanecer, así fue que llegando a más de mil metros de altura aproximadamente a siete km de Quila Quina para empezar a descender. En ese momento la magia del lugar destello a la izquierda la imagen más sorprende que tal vez nunca vimos. Un interminable cordón montañoso, salpicado sutilmente por nieve en sus cumbres, forrado con miles y miles de flechas verdes que apuntaban perfectamente al cielo sin importar la anatomía caprichosa de la montaña, a los pies un lago impecablemente cristalino, con por lo menos 15 tonos de verdes y azules pincelados en sus aguas, luego las casas de las familias mapuches, rodeadas de frondosos y gigantes árboles cobijando sus cabañas de tronco y madera, más arriba varios ríos se adaptaban y fluían a través de obstáculos para unirse al maravilloso espejo. Intentamos capturar esos paisajes pero sólo nuestras almas podían verlo todo. 
Seguimos caminando, un paso a la vez, constante y firme fue nuestra estrategia todo el viaje, siempre avanzar, cuando uno cedía al cansancio, el otro lo animaba a seguir dando un paso más. Ya habíamos comenzado el descenso hacia varios minutos, luego de caminar doce km, divisamos la ruta pavimentada que marcaba el inicio de los últimos seis km hasta San Martín. Una última subida dejo atrás la naturaleza casi pura, para mentalizarnos poco a poco que estábamos más cerca del objetivo, pero más lejos de ese maravilloso lugar. Nuestras piernas estaban agotadas, pero nuestro ánimo firme, se podía ver casi los seis o más km faltantes de ruta. Esto nos mostraba lo lejos que aún estábamos, pero también nos daba más fuerza para seguir caminando. Para ganar la batalla al desaliento, partimos el camino en varios trozos más cortos, primero nos propusimos llegar a una curva que parecía muy lejana, luego a un tramo largo, luego una segunda curva y finalmente el pueblo de San Martín de Los Andes. 
Cuando casi todo aliento y fuerza nos había abandonando, se nubló nuevamente y comenzó a llover, el viento era más fuere cada km que avanzábamos y la lluvia más penetrante. Una vez más, Dios nos recordó que prueba a las personas apretando pero nunca ahorca, y de premio a la persistencia y tolerancia nos dejo ver otro milagro natural. El sol salió entre las nubes iluminando cada gota de agua que caía, se formó entonces un hermoso arco iris que nacía en el medio del lago y reposaba en lo alto de un cerro, detrás se apreciaba perfectamente la belleza de la cuidad de San Martín, protegida prolijamente por cerros empapelados de pinos. Nuevamente nos sentimos presentes, vivos, apreciando nuestra Patagonia, reflexionando sobre esa fuerza misteriosa que nos permitió hacer ese mágico viaje, y deseando más que nunca volver a conectar nuestras almas a ese lugar donde todos esta bien, donde lo necesario nos es provisto y la magia se hace presente. Unos minutos más tarde llegamos al hotel sorprendidos de haberlo logrado, de haber descubierto ese canal que te nutre de energía para lograr todo lo que deseas con el corazón. Gracias a Carlos y Sandra que nos sugirieron este viaje revelador!!! 
Pame y Dani. 

Wednesday, December 26, 2012

Regando de vida

Quiero expresar en palabras, un universo de sensaciones que tuve el honor de experimentar el lunes 24/12/2012 a la madrugada, mientras regábamos la finca con mi padre y mi hermano Jorge, aunque el relato solo menciona a mi padre.

Regando de vida

La tierra sedienta se expandía bajo mis pies aquella noche, el aire cálido e inmóvil abrillantaba la piel del más friolento,
Las chicharras y sapos aturdían con silencios, mientras tres cuartos de luna, prometían acompañarnos hasta las 2:30.
Era más de media noche, pala y rastrillo al hombro salimos hacia la compuerta con mi padre.
Mientras nos acercábamos, en la nocturna lentitud, se escuchaba el campaneo del agua que avanzaba por la acequia.
La tierra se encrespaba al presentir su pronta llegada.
Era el momento, el instante previo al milagro, piernas en cada lado de la acequia, las dos manos sobre la manija de la compuerta, un suspiro profundo y …jjjjjjjj... ese sonido que libera el agua.
Como un perro que corre a encontrar a su dueño, así rueda el agua hacia la tierra,
Saltando, llenando cada espacio, rodeando obstáculos, adaptando su fluir para llegar lo más rápido posible. El primer roce con los labios de la tierra, parece una disculpa por su ausencia,
Luego, una onda de luz invisible se expande hacia cada granito de tierra.

Y allá, al pié de la compuerta, los brillantes ojos de mi padre, inmutables, observan con sorpresa de "primera vez", ese milagro que tal vez ha visto 1500 veces.
Solo el aire teñido por la tierra mojada, revivía sus recuerdos, que parecían renovarse cada vez.
Afloraba en su estampa la fuerza vital, su salud era plena y su corazón repetía en cada latido, por favor DIOS, regálame un riego más…

Así transcurría la noche, la luna sonreía cálida, mientras quitaba su manto blanco del cielo,
Al mismo tiempo se descubría esa bóveda milenaria de estrellas,
La banda blanca que cruzaba el cielo nos dejaba pequeños,
Pero los pies en el agua tibia nos engrandecía.
Y en cada paso sobre el agua, sentir la respuesta a los secretos de la viva. Los mismos que nuestros abuelos intentaron revelarnos a destiempo.

Al rato recorrimos la finca, mi padre concentrado jugaba, se divertía entendiendo el agua,
rastreaba sus micro pasos, adivinaba su camino y se regocijaba cuando una hora más tarde veía sus huellas donde lo predijo.
Era un fluir permanente de emociones, la pacha recostada mirando el cielo suspiraba y agradecía al tata DIOS por el agua, la vida que surgía de ella, las plantas satisfechas, las acequias y los surcos, la compuerta, y las manos de mi padre que la abrían cada vez.

Las primeras cinco partes del día habían pasado finalizando el riego, el cielo blanco de estrellas, un tenue degradé azulado en el este anunciando el amanecer, el aire era un crisol de aromas, el calor y cansancio pusieron mi atención en un paisaje sin igual:
Era una vieja canchita de futbol en un potrero, que el agua había inundado 20 cm, la quietud de la noche lo convertía en un espeje perfecto, me senté en el medio con las piernas extendidas, estiré mis brazos hacia atrás y cerré los ojos en calma.
Unos minutos después los abrí para descubrir que ya no estaba en la tierra, el espejo de agua reflejaba la bóveda estrellada en forma exacta, dejándome en el centro de una esfera. Las estrellas más lejanas estaban a centímetros de mis manos, con mi dedo toqué el lucero que solo aparece en la madrugada y un tren de 7 ondas se expandieron llevando consigo mi plenitud total hacia el resto de la esfera.

Me paré y continué caminado por ese universo, hasta llegar al jardín de mi casa, donde mi padre me esperaba, traté en vano de contarle lo que había experimentado con balbuceantes palabras, para darme cuenta minutos después, que solo una mirada y una leve sonrisa eran suficientes para saber que había estado allí, en ese lugar mágico donde él habita hace varias décadas.